Con Diseño Divino

Si yo hubiera estado en la última cena

De la Palabra de Dios: “Uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús” (Juan 13:23, RVC).

La última cena. Subtítulo de un pasaje bíblico. Nombre de cuadros famosos, representada en más de una película. Pero más que nada, un momento real en la historia, real y determinante. Y si tú y yo hubiéramos estado presentes, ¿a quién nos pareceríamos?

Hay alguien cuyo nombre no se menciona pero es clave en este relato. El dueño de la casa. Es evidente que conocía al Maestro porque con la sola mención de su nombre, abrió las puertas de aquella habitación para que Jesús y sus discípulos se reunieran a comer juntos aquella cena especial. ¿Te has puesto a pensar que aquel hombre no cuestionó  nada? De hecho, ¡ya  estaba preparado!

Quiero parecerme a él. Que la sola mención del nombre de Jesús me haga abrir las puertas mi corazón que tantas veces quiero cerrar. Que al escuchar Jesús rinda todos mis planes, agendas, y esté preparada. Que cuando el Maestro llame yo siempre responda ¡aquí estoy, lista! No creas que porque escribo un blog, doy conferencias y ministro a la vida de mujeres mi vida es un cuadro de perfección. ¡Nada más lejos! Y, ¿sabes?, estoy convencida de que este hombre anónimo tampoco fue perfecto pero su carácter nos deja una lección intemporal: mantener el corazón abierto para Jesús y en el nombre de Jesús, tal y como él lo hizo con su casa.

¿A quién más nos podemos parecer? Ah, sí… el personaje oscuro. Aquel que preferiríamos borrar de la historia. Hasta su nombre nos resulta repulsivo. Judas. No sabemos mucho de su vida, ni de su familia. Sabemos que administraba el dinero y que lamentablemente en su corazón la codicia pesaba más que la bondad. A estas alturas quizá te estés preguntando por qué se me ocurrió pensar que pudiéramos parecernos en algo a Judas. Bueno, “el que crea estar firme…” Nuestros motivos pudieran volverse egoístas como los de Judas y llevarnos a traicionar al Maestro. Sí, es muy probable que no neguemos su nombre abiertamente, pero podemos hacerlo día  a día en el corazón cuando las aspiraciones personales destronan a Jesús y sientan al yo. Sí, Judas fue un pobre infeliz al final de la historia, pero si creemos que nunca podríamos ser como él, el orgullo ya se ha apoderado de nuestra vida.

Amiga mía, este personaje oscuro sigue merodeando hoy, se viste con muchos trajes y te presenta oportunidades constantes para que digas sí. ¡No te dejes engañar! Este hombre caminó con Jesús cada día de su ministerio terrenal y no obstante, mira cuál fue el final. Debemos guardar nuestro corazón y presentarlo a Dios cada día para que lo revise y nos muestre dónde la oscuridad quiere ganar terreno.

Tenemos otro personaje más. Este no quería perder ni por un instante la compañía de su Maestro, sabía que los minutos estaban contados. Recostado a su lado comió de la última cena. Aquel a quien muchas veces se le llama “el discípulo a quien Jesús amaba”, a quien él encomendó el cuidado de su mamá. Juan. Juan nos enseña a buscar la proximidad, la cercanía, la intimidad con Jesús. Para él no era suficiente sentarse a la mesa. Él quería estar cerca, lo más cerca posible. Dice el griego original que “se recostó a Jesús”.

¿Cuánto buscamos tú y yo hacer lo mismo? ¿Cuánto valoramos la intimidad con Jesús, el tiempo a solas, “recostarnos” a su pecho y dejar que sus latidos desaceleren los nuestros y nos hagan cambiar el compás para que entremos en perfecta armonía con los deseos y sueños del Maestro? Te confieso que no siempre quiero hacerlo. Ya estoy tan acostumbrada al ritmo vertiginoso del siglo veintiuno en Norteamérica que bajar la marcha en ocasiones me parece una pérdida de tiempo. ¡Cómo nos dejamos engañar! Quiero aprender de Juan, él buscó lo mejor. Quiero sentarme a la mesa con Jesús, cada día, su banquete satisface más que cualquier otro manjar. Si tan solo lo recordáramos lo suficiente no andaríamos buscando las migajas.  

Sí, no tuvimos el privilegio de participar de aquella Pascua, pero ahora tenemos al Cordero a nuestro lado todos los días. Él nos invita a un banquete: “¡Mira! Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y cenaremos juntos como amigos” (Apocalipsis 3:20, NTV). Ese mensaje es para cristianos. Es para ti. Es para mí. Él te llama y quiere que abras la puerta y le dejes entrar, para cenar contigo.

El dueño de aquella casa en Jerusalén escuchó el llamado, abrió la puerta y Jesús entró para cenar. Juan no titubeó y escogió el lugar más cercano junto al maestro. Y Judas… bueno, recogió su cosecha.  ¿A quién escogeremos parecernos hoy?

Vive como Dios lo diseñó,

Wendy

Para aprender más sobre el diseño divino de Dios, te invito a visitarme en wendybello.com

© 2015 Wendy Bello

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